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«Los psicofármacos no modifican la manera de ser de las personas»

José Juan Uriarte, psiquiatra

Cuando se trata de cuidar nuestra salud física, es probable que tengamos una actitud proactiva. Que nos interesemos por aprender qué prácticas, consumos y controles debemos realizar para mantener nuestro bienestar y prevenir problemas. Pero, si se trata de nuestra salud mental, no siempre estamos tan predispuestos a tener esos cuidados. En muchos casos, no estamos acostumbrados a tratar nuestra mente como una parte más que integra nuestra salud. De hecho, es posible que no sepamos qué hábitos debemos cultivar para mejorar nuestra salud mental, o a qué síntomas estar alerta para acudir a una consulta.

«Existe una confusión entre sufrimiento emocional, algo inherente a la vida y sus circunstancias, y las enfermedades psiquiátricas. Obviamente, hay un cierto solapamiento, y las circunstancias vitales adversas pueden sobrepasar nuestra capacidad de adaptación y nuestros apoyos y generar necesidad de tratamiento, farmacológico o no», explica el doctor José Juan Uriarte Uriarte, Jefe de Servicios Asistenciales de Adultos de la Red de Salud Mental de Bizkaia. Sin embargo, «la ansiedad y la tristeza, cuando están motivadas por esas circunstancias adversas, no son enfermedades ni, por tanto, susceptibles en general de tratamiento psicológico o farmacológico», aclara.

En cambio, cuando se establece que hay un trastorno psiquiátrico, se pueden indicar tratamientos con psicofármacos. «La ansiedad y la depresión son los trastornos psiquiátricos más frecuentes, por lo que los medicamentos más recetados son los ansiolíticos y los antidepresivos», señala Uriarte. Veamos qué se esconde detrás de estos tratamientos que están rodeados de prejuicios.

¿Qué son los psicofármacos?

Los psicofármacos son medicamentos que actúan modificando los efectos de los neurotransmisores cerebrales, unas sustancias que se encargan de transmitir información entre las neuronas. También pueden actuar sobre estructuras encefálicas o la corteza cerebral. Pueden, por ejemplo, reducir la concentración de neurotransmisores en la sinapsis o impedir su efecto bloqueando los receptores sobre los que actúan. Otros psicofármacos aumentan la concentración sináptica de neurotransmisores por diversos mecanismos, mejorando los estados de depresión.

Los neurotransmisores juegan un papel importante en nuestra salud mental. «Sustancias como la dopamina, en el caso de los antipsicóticos o la serotonina, en el caso de los antidepresivos, son ejemplos característicos. ¿Esto significa que la depresión se deba a falta de serotonina o la esquizofrenia a un exceso de dopamina en el cerebro? Pues no, al menos no como única explicación. Las cosas en el cerebro son mucho más complicadas que eso», señala Uriarte.

«Los medicamentos que se utilizan para tratar las enfermedades psiquiátricas se pueden clasificar en 5 grupos principales. Prácticamente todos ellos fueron introducidos en la década de los 50 y 60 del siglo pasado, aunque se han ido desarrollando nuevas versiones que han mejorado, sobre todo, sus efectos secundarios», explica Uriarte. Aunque estos medicamentos se utilicen desde hace décadas, «nuestro conocimiento sobre las causas y los mecanismos que subyacen a las enfermedades psiquiátricas sigue siendo muy limitado, por lo que también es limitada nuestra comprensión sobre el funcionamiento de unos fármacos cuya efectividad en los trastornos psiquiátricos, fue, en buena medida, descubierta por casualidad», señala.

Los psicofármacos son, principalmente, antipsicóticos, antidepresivos, ansiolíticos, hipnóticos y estabilizadores o reguladores del estado de ánimo.

Antipsicóticos

También conocidos como neurolépticos, estos medicamentos «son útiles para tratar lo que llamamos síntomas psicóticos, es decir, aquellos que interfieren con la manera de ver la realidad», dice Uriarte. Ejemplos de síntomas psicóticos son las alucinaciones, escuchar voces, o las ideas delirantes (creencias que no se ajustan a la realidad, como ser perseguido o vigilado). Una enfermedad en la que estos síntomas aparecen de manera característica es la esquizofrenia.

Los antipsicóticos también se utilizan en las llamadas fases maníacas del trastorno bipolar, una enfermedad en la que las personas afectadas alternan períodos de depresión profunda con otros de euforia, hiperactividad e ideas de grandeza o facultades superiores a lo normal. Las medicaciones antipsicóticas son eficaces para aminorar y, en algunos casos, suprimir estos síntomas y también para evitar recaídas cuando se toman de manera continuada.

«Las medicaciones antipsicóticas no curan la esquizofrenia, pero controlan sus síntomas y reducen la posibilidad de recaídas. En muchos casos, permiten a las personas realizar una vida normal», señala Uriarte. Algunas de las medicaciones antipsicóticas más utilizadas son la risperidona, la olanzapina y la quetiapina.

Antidepresivos

Los antidepresivos «no son medicaciones que induzcan euforia o alegría, no tienen efectos estimulantes, ni combaten la tristeza y las preocupaciones normales de la vida», aclara Uriarte. Están hechos para tratar los síntomas de la depresión, normalizando el estado de ánimo, la desesperanza y la angustia que acompañan a esta enfermedad. En las personas que padecen depresiones repetidas y tienden a tener recaídas, su toma continuada puede prevenirlas o atenuar su presentación. «También se utilizan en otras enfermedades como los trastornos de ansiedad, en especial las fobias y el trastorno obsesivo compulsivo», detalla Uriarte.

La depresión, en todo caso, no es una enfermedad única; hay distintos tipos de depresión. En algunos casos, los episodios pueden aparecer de manera espontánea, sin precipitantes externos, como en las fases depresivas del trastorno bipolar o en la depresión mayor recurrente. En otros casos, puede darse una depresión como resultado de desencadenantes externos, acontecimientos vitales desfavorables que no pueden ser afrontados adecuadamente por la persona, bien por su fragilidad y vulnerabilidad, bien por la gravedad de sus circunstancias, bien por la falta de apoyos o, más comúnmente, por una suma de estos factores. La fluoxetina, la sertralina o el escitalopram son algunos de los antidepresivos más utilizados.

Ansiolíticos

Comúnmente conocidos como tranquilizantes, son medicamentos que mejoran los síntomas de ansiedad: la inquietud, la opresión del pecho, las palpitaciones, la tensión muscular y sensaciones similares que sentimos cuando tenemos angustia. De manera similar a la tristeza, la ansiedad no es siempre anormal ni indeseable. De hecho, es la respuesta habitual de nuestro organismo ante situaciones que nos generan incertidumbre, preocupación o amenaza y nos ayuda a afrontarlas. Pero en ocasiones, estos síntomas se presentan sin un desencadenante claro o la reacción de ansiedad es exagerada, como en el trastorno de ansiedad generalizada o las crisis de ansiedad. La ansiedad y la angustia están también habitualmente presentes en la depresión.

«Los ansiolíticos son efectivos para atenuar estos síntomas, de manera algo similar a como un analgésico alivia el dolor de cabeza. Calman la ansiedad, pero no curan el problema o la enfermedad de fondo. Aun así, al igual que los analgésicos, son muy útiles en determinados momentos y utilizados con precaución», señala Uriarte. Algunos de los ansiolíticos más reconocidos son el diazepam, el alprazolam o el lorazepam.

Hipnóticos

Esta palabra designa de manera general a las llamadas «pastillas para dormir», o somníferos. Son medicaciones emparentadas con los ansiolíticos que sirven para mejorar la conciliación y el mantenimiento del sueño. Dormir mal, lo que se conoce habitualmente como insomnio, es también una reacción normal en determinadas situaciones: preocupaciones, cambios de horarios, malestar y dolor. En otras ocasiones, dormir mal está asociado a malos hábitos que pueden terminar por hacer crónico el problema. Y, en no pocas ocasiones, el insomnio acompaña a otros problemas psiquiátricos como la depresión, la ansiedad, o los episodios psicóticos.

Los medicamentos hipnóticos más comunes son el lormetazepam y el zolpidem. Se trata de sustancias que deben ser consumidas con precaución. «Cuando se usan de vez en cuando, son medicamentos efectivos y seguros. Pero su uso crónico, especialmente si no se abordan las causas subyacentes (hábitos de vida y de sueño) o un posible problema psiquiátrico de fondo (ansiedad, depresión), puede contribuir a empeorar el problema a largo plazo» advierte Uriarte.

Reguladores del humor

«Este nombre puede inducir a equívocos, sugiriendo que son medicaciones que pueden evitar oscilaciones o cambios en el estado de ánimo que son normales en las personas. En realidad, los reguladores del humor, también llamados eutimizantes, por su capacidad para mantener la eutimia, es decir, el estado de ánimo normal, son medicamentos que se utilizan en el tratamiento del trastorno bipolar, una enfermedad que precisamente se caracteriza por presentar episodios a lo largo de la vida, muchas veces repetidos y/o alternantes, de depresión y de euforia (manía) graves», explica el especialista.

Los medicamentos más representativos de este grupo son las sales de litio, capaces de prevenir nuevos episodios y recaídas en las personas que padecen esta enfermedad. Algunos medicamentos efectivos para el tratamiento de la epilepsia, como el ácido valproico, también son eficaces para tratar estos síntomas.

Diagnóstico y tratamiento de las enfermedades psiquiátricas

«El escaso conocimiento acerca de las causas y los mecanismos que dan lugar a las enfermedades mentales condiciona también nuestras herramientas para su diagnóstico», dice Uriarte. Estamos acostumbrados a que en el caso de otras enfermedades nos hagan pruebas: análisis, radiografías, escáneres, resonancias, ecografías, biopsias. De hecho, los avances tecnológicos han mejorado mucho en las últimas décadas las pruebas diagnósticas, cada vez más sofisticadas, en muchas dolencias, pero esos avances no han llegado a la salud mental. «No hay análisis, radiografías, escáneres o resonancias que proporcionen un diagnóstico de una esquizofrenia, una depresión o un trastorno bipolar», explica el experto.

Entonces, las enfermedades psiquiátricas se diagnostican a partir de los síntomas y su evolución. «La única manera para llegar a un diagnóstico es hablar con la persona, observarla y, si es necesario, solicitar información adicional de su entorno. Algunas veces se puede llegar a un diagnóstico claro en una sola entrevista. En otras ocasiones, hace falta un tiempo de observación para llegar a un diagnóstico» puntualiza Uriarte.

La decisión acerca de qué medicamento prescribir depende no solo de la enfermedad en cuestión, sino también de las características individuales de la persona a tratar. La edad, el sexo, la presencia de otras posibles enfermedades o de tratamiento con otras medicaciones, los posibles efectos secundarios, la experiencia previa del paciente con medicamentos similares y sus preferencias son algunos de los factores que ayudan a guiar la elección.

Los prejuicios que llevamos a la consulta

En lo que refiere a salud mental, la falta de conocimientos sólidos hace que, muchas veces, se caiga en preconceptos e ideas falsas a nivel de la sociedad. «Están bastante generalizadas algunas ideas preconcebidas sobre este asunto: que los medicamentos psiquiátricos son perjudiciales al ser drogas químicas, mientras la psicoterapia es natural y buena, que los medicamentos tienen efectos secundarios y la psicoterapia no, que los psiquiatras solo se dedican a recetar y la psicoterapia la hacen los psicólogos, o que la psicoterapia y los medicamentos son alternativas antagónicas», enumera Uriarte.

«Existen muchos tipos de psicoterapias y no existe un acuerdo generalizado acerca de su efectividad en las distintas enfermedades psiquiátricas. Y, por otro lado, tampoco carecen de efectos secundarios, como cualquier tratamiento. Tanto los psiquiatras como los psicólogos tienen competencia profesional para realizar psicoterapia, y así lo hacen en la mayoría de los casos. Esto requiere de una formación especializada y una buena experiencia clínica», explica Uriarte.

Para muchos pacientes, lo fundamental es la confianza, el consejo, el apoyo y la información. En este sentido, el contexto en el que se administra cualquier tratamiento es lo que permite generar una relación de apoyo y confianza. «En algunos casos, será necesaria una psicoterapia más específica, pero en general, y en las enfermedades mentales de mayor entidad, la combinación de psicoterapia y medicación es la más acertada», dice Uriarte.

Aunque es comprensible sentir aprensión al momento de iniciar un tratamiento con psicofármacos que actúan sobre nuestra mente, hay que tener en cuenta que, como señala Uriarte, «los medicamentos psiquiátricos no modifican la manera de ser de las personas, ni para bien ni para mal; alivian síntomas, favorecen la remisión de los episodios de enfermedad y, en muchas ocasiones, previenen las recaídas».

Asimismo, el especialista destaca que es muy prevalente la idea de que la medicación se receta para «taponar agujeros», sin tomarse el tiempo de hacer una verdadera evaluación de las necesidades y circunstancias del paciente. Se suele pensar que dar medicamentos es fácil, o que no requiere de demasiado tiempo ni formación. Pero la realidad es más compleja que eso.

En realidad, los profesionales a los que acudimos para tratar estos problemas están preparados específicamente para diagnosticarnos, ayudarnos e indicarnos los pasos a seguir. No se limitan a firmar una receta. «Medicar de manera correcta requiere de tiempo, formación y experiencia, al igual que establecer una buena relación con el paciente y proporcionarle herramientas para la gestión y mejora de su enfermedad. En algunos casos será de mayor importancia medicar de una manera adecuada, acertar con el tratamiento, encontrar la mejor eficacia con los menores efectos secundarios. En otros, la medicación se reduce a un apoyo para mejorar los síntomas y facilitar la psicoterapia», explica Uriarte.

En realidad, señala Uriarte, «no existe una alternativa entre psicoterapia y medicamentos. Existe un tratamiento idóneo en una persona concreta con un problema de salud concreto desde una perspectiva integradora. En algunos casos, ese tratamiento será únicamente psicoterápico, en otros medicamentoso y, en una mayoría, una combinación de ambos. Y los servicios de salud mental deben garantizar eso, que los pacientes accedan al tratamiento más efectivo y seguro para su padecimiento».

¿Uso o abuso?

En general, los medicamentos psiquiátricos no tienen buena prensa. «Se les tilda de drogas, de ser una alternativa menos costosa y sofisticada que las psicoterapias, se les atribuyen efectos secundarios inadmisibles y, en algunos casos, las personas que los toman son vistas como «débiles», personas que podrían curarse con un esfuerzo personal ayudados o no por algún tipo de psicoterapia», observa Uriarte.

Es evidente que los medicamentos psiquiátricos están estigmatizados y que estas creencias pueden suponer una barrera para el acceso de los pacientes a tratamientos efectivos. «Igualmente, es cierto que se ha abusado de la prescripción de algunos psicofármacos durante años, como los propios antidepresivos y ansiolíticos, con una psiquiatrización de la vida cotidiana ante el malestar, pero esto es aplicable también a las psicoterapias y la consecuente psicologización del sufrimiento emocional normal», aclara el experto.

Si la prescripción de psicofármacos no ha hecho más que crecer en las últimas décadas, señala Uriarte, esto ha ido «de la mano de una mayor demanda y un mejor acceso a los servicios de salud mental y a la reducción del estigma asociado a acudir a sus profesionales en busca de ayuda». Es decir que, según el especialista, no hay un abuso generalizado de los psicofármacos a nivel de la sociedad. En cambio, lo que ocurre es que el acceso a estos tratamientos ha ido permitiendo que aquellas personas que los necesitan puedan beneficiarse de ellos.

Adicción y dependencia

En contra de lo que se suele pensar, la mayoría de los psicofármacos no causan adicción o dependencia. «Los medicamentos psiquiátricos que más se han relacionado con esa posibilidad, y con cierta justicia, son los ansiolíticos, las llamadas benzodiacepinas. Aunque la tendencia a su abuso se restringe a una minoría de pacientes, las personas que reciben tratamientos con ansiolíticos durante un tiempo prolongado a una dosis determinada, no pueden suspender el tratamiento de manera brusca y deberán reducir la dosis de forma paulatina y lenta», aclara Uriarte.

«En el caso de otros medicamentos psiquiátricos, como los antidepresivos, después de un tiempo prolongado de tratamiento, la suspensión de la toma puede conllevar una rápida reaparición de los síntomas», dice el especialista. No se trata de un síndrome de abstinencia como tal, pero sí implica que, si se decide retirar el tratamiento, haya que hacerlo con precaución y de manera lenta y paulatina. «Esto no sucede solo con los medicamentos psiquiátricos; algo similar puede suceder con medicaciones para tratar la hipertensión. Todos los medicamentos producen cambios y adaptaciones en el organismo, cambios de hecho buscados para tratar la enfermedad o sus síntomas. Pero si se retiran de forma brusca, el organismo puede no tener tiempo para adaptarse y regresar a su equilibrio previo» explica.

Recuperado de: https://lavozdelasalud.lavozdegalicia.es/noticia/salud-mental/2022/01/10/uso-abuso-explicamos-prescriben-psicofarmacos/00031641833138422652752.htm